Page 729 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Hacia el norte se recortaba la masa de los montes

            Auruncos,  de  donde  habían  partido  aquella  misma


            mañana, y entre ambos puntos se extendía una llanura

            cubierta de viñedos que desde hacía dos años estaban

            desatendidos. De momento aquellos parajes eran tierra


            de  nadie,  aunque  los  romanos  ya  empezaban  a

            asegurar que pertenecían al Lacio y que siempre había


            sido así. Por allí se alzaba la nube de polvo que habían

            visto a sus espaldas poco antes de cruzar el río Clanis

            y  que  desde  entonces  no  había  hecho  más  que


            acercarse. Al ver que la polvareda era alta y fina, habían

            deducido  que  se  trataba  de  una  tropa  de  caballería.

            Ahora, desde aquella altura, comprobaron que estaban


            en lo cierto.


                  —¿Cuántos caballos calculáis que puede haber? —

            preguntó  Crátero,  bizqueando.  Con  los  años  había


            perdido  vista,  aunque  no  le  gustaba  confesárselo  a

            nadie.


                  —Más de cien —respondió Pérdicas.


                  —Y doscientos también —dijo Mirmidón.


                  —¿Por  qué  nos  están  comiendo  tanto  terreno?  —


            preguntó  Néstor—.  Los  romanos  no  tienen  mejores

            caballos que nosotros.


                  El antiguo Rey del Bosque se puso la mano a modo


            de visera y entrecerró los ojos.




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