Page 733 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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quiero que me lleves ante Alejandro.


                  —Tu santuario está aquí cerca. ¿No piensas volver a

            él?



                  —No.


                  —¿Y dejas abandonada a Ártemis?


                  Mirmidón sonrió. Al hacerlo, sus ojos se convertían

            en dos rendijas. A ratos a Néstor le parecía que los dos

            eran del mismo color, un gris acerado, pero en otros


            momentos, según la luz, uno se veía verde y otro azul,

            casi como los de Alejandro. Pero no se atrevía a pedirle


            que le dejara examinarle de cerca para comprobar sus

            iris y sus pupilas.


                  En realidad, casi nadie se atrevía a decirle nada a


            Mirmidón.  El  Rey  del  Bosque  se  mantenía  un  poco

            apartado de  los demás, aunque no perdía de vista a

            Néstor  en  ningún  momento,  como  si  se  hubiera


            nombrado a sí mismo su guardaespaldas.


                  —Los dioses no nos necesitan, médico —dijo—. El

            humo  de  nuestros  sacrificios  y  el  eco  de  nuestras

            plegarias les son indiferentes. Sólo les gusta divertirse


            a nuestra costa, igual que un niño lleva hormigas a un

            hormiguero ajeno para ver cómo se pelean entre ellas.


            Créeme, he visto a los dioses y los conozco.


                  —¿A Ártemis también? —intervino Clea.


                  —También.


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