Page 736 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Siempre he envidiado al gran Alejandro por sus
conquistas, sus éxitos militares y los países lejanos que
ha visitado. Ahora tengo otro motivo más para
envidiarle, mi noble Clea.
—Tus palabras son más dulces que la miel, noble
Gayo —respondió ella con la misma retórica—. Por
favor, envía mis mejores deseos a tu familia, y sobre
todo a Julia y a la pequeña Lila.
Por último, Gayo Julio se despidió de Néstor.
Primero le estrechó la mano, pero después se dejó
llevar por un impulso, le abrazó con fuerza, le besó en
la mejilla y le dijo al oído:
—Ese caballo que te llevas es poco premio para todo
lo que me has dado, Néstor. Si los Hados decretan que
no volvamos a vernos, has de saber que siempre estarás
en el corazón de los Julios.
Después se marchó con sus hombres por el camino
que se dirigía hacia el monte Albano, donde tenía la
finca en la que pensaba enterrar el dinero hasta que
llegaran mejores tiempos. Néstor se quedó algo
entristecido. Ignoraba, por supuesto, que Gayo Julio
había espiado su diario y había sopesado muy en serio
la idea de entregarle a los cartagineses. Pero, aunque lo
hubiera sabido, nadie mejor que un médico para
comprender que, al igual que por debajo de la piel el
cuerpo más hermoso se compone de vísceras
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