Page 755 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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con  ese  grupo  volvió  a  Posidonia  sin  descansar,

            dejando  atrás  a  los  demás  con  Clea.  Néstor  había


            utilizado  la  montura  de  otro  hombre,  pues  Pegaso

            estaba  al  borde  de  sus  fuerzas  y  de  no  descansar  al

            menos un día lo habría reventado.



                  Ahora,  el  que  estaba  reventado  era  él.  No  sabía

            cuántos estadios había recorrido desde la fiesta en casa

            de Escipión, pero seguro que eran infinitamente más


            que las escasas horas que había dormido. Le dolía cada

            hueso del cuerpo, tenía los muslos en carne viva y los

            ojos se le cerraban solos, pero al ver cómo Alejandro


            reconocía su rostro se sintió recompensado de sobra.

            Siempre que sólo viera su rostro y no el secreto que

            guardaba en su interior.



                  Olvídalo todo, pensó Néstor, y le tendió a Alejandro

            una  copa  de  vinagre  en  cuyo  fondo  reposaban  unas

            bolas que parecían cuentas de ámbar.



                  —¿Qué es esto?


                  —Los  persas  lo  llaman  padzar,  que  significa

            «contraveneno».  En  realidad  —añadió  bajando  la

            voz— son cálculos biliares de cebú.


                  —¿Un antídoto? ¿Me han vuelto a envenenar?



                  —Esta vez no. Tu mal es interno.


                  —Ya, sé que está dentro de mi cabeza. Lo noto.


                  —Te he tratado con hierbas y setas muy fuertes. Es


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