Page 759 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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la alcoba una red invisible y tupida. Con cada uno de

            esos pasos, ahora el pie izquierdo y ahora el derecho,


            comprendió que su sueño se estaba cumpliendo.


                  —Neo...  —susurró  ella  con  voz  débil,  y  extendió

            una mano hacia él.


                  Su  rostro  era  de  cera,  y  a  Neo  le  recordaba  a  la


            máscara de Electra que había visto en una tragedia de

            Eurípides en Pela. Le daba miedo. Querría correr hacia

            sus  brazos,  pero  estaba  enganchado  en  la  telaraña


            invisible, y tampoco se atrevía a seguir porque sabía

            que  si  se  acercaba  hasta  la  cabecera  y  besaba  a  su

            madre, el sueño llegaría a su final y ella moriría.



                  La mano cayó inerte sobre la manta. Pérdicas, que

            estaba acariciándole el pelo a Cleopatra, le abrazó la

            cabeza  con  fuerza  y  empezó  a  sollozar.  En  ese


            momento,  Neo  sintió  algo  inexpresable.  La  telaraña

            había desaparecido, rasgada por un viento inmaterial.


            Y el viento atravesó el cuerpo de Neo, una brisa gélida

            que  arrastraba  un  débil  susurro,  como  el  eco  de  un

            adiós en las hojas de un roble. Ya está, pensó. Pues supo


            que lo que acababa de sentir era el alma de su madre,

            conducida  por  Hermes  Psicopompo,  custodio  de  los

            muertos.


                  —¿Querías verme, señora?



                  Néstor entró en un compartimento reservado de la




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