Page 781 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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brazo—. El premio aún puede ser vuestro.


                  —Prefiero no soñar —contestó él, apretando tanto

            los puños que los nudillos se le pusieron blancos.



                  Después, cuando el combate iba tres a tres, empezó

            a apretar los dientes y a rechinarlos, y cuando ambos

            contendientes  empataron  cuatro  a  cuatro,  cerró


            directamente los ojos. Peucestas había alcanzado todas

            las  veces  a  Euctemón  en  el  cuerpo,  mientras  que

            Euctemón  le  había  castigado  constantemente  las


            piernas,  e  incluso  le  había  abierto  una  herida  en  la

            rodilla, lo que hacía que el jefe de los macedonios se

            moviera con más torpeza.



                  —No  puede,  no  puede  con  las  piernas  —decía

            Gorgo, mientras Demetrio rezaba a todos los dioses del

            Olimpo con la frente apretada contra la barandilla de


            madera—. No puede... ¡Ay, no! ¡Ay! ¡Santa Deméter!


                  —¿Qué ha pasado? —preguntó Demetrio, abriendo

            los ojos.


                  —¡Que  hemos  ganado!  ¡Hemos  ganado!  —le  dijo


            Gorgo, abrazándole.


                  Cuando consiguió zafarse de Gorgo y ver algo, su

            hermano  estaba  recibiendo  los  aplausos  de  todo  el


            ejército  con  un  brazo  en  alto.  No  porque  lo  hubiera

            alzado  él,  sino  porque  el  propio  Peucestas  le  había

            levantado la muñeca para que recibiera el homenaje.




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