Page 833 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Euctemón. Demetrio se inclinó hacia él y le susurró:
—No se te ocurra salir de la fila para matarlos.
El rey espartano, con su capa roja, la letra lambda
en el escudo y la larga melena colgando por debajo del
yelmo, se acercó a Peucestas y Leónato y conferenció
brevemente con ellos. Mientras lo hacían, hubo nuevas
sorpresas para los Agriopaides. Abriéndose paso entre
los peones de la retaguardia, unos peltastas se sumaron
a la última fila. Cada uno de ellos llevaba un escudo
enorme, casi tan alto como un hombre, y forrado con
gruesas mantas de lana.
—¿Adónde vais con esas puertas? —preguntó
Cérdidas.
—Enseguida te enterarás, tarentino —respondió
uno de ellos.
—Vaya, ¿tanto se me nota el acento?
—Para uno de Crotona, sí.
—¡Atención!
Todos hicieron un esfuerzo por poner más rectas las
lanzas y las falsas sarisas, aunque era un poco molesto
abrir los dedos tanto para aferrar ambas. Entre los
hombres corrió un nervioso rumor. «Alejandro,
Alejandro.» El rey venía a cabeza descubierta y
montado en una yegua castaña. Se había puesto una
coraza de lino de un blanco cegador, reforzada con
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