Page 840 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 840

órdenes mientras esperaba a Alejandro. El rey se caló

            el  yelmo  que  representaba  la  cabeza  de  un  león,  el


            mismo  que  los  herreros  habían  tenido  que  reparar

            incontables  veces  desde  la  batalla  del  Gránico,  y  se

            puso al frente de los cuatrocientos jinetes de su Ágema.


            Los  caballos  piafaban  inquietos,  y  cuando  Amauro

            ocupó su lugar en la punta de la cuña, la  yegua del


            Compañero más cercano rozó con la cabeza el cuello

            del enorme corcel de Nisea en señal de homenaje.


                  Los romanos estaban ya a menos de dos estadios.

            Alejandro               levantó            la       mano            izquierda,              los


            portaestandartes  hicieron  las  señales  pertinentes,  y

            toda la formación arrancó en un suave trote que se fue

            acelerando  poco  a  poco.  Lisanias  sentía  entre  las


            piernas los latidos desbocados de su yegua, Carmis, a

            la que tenía que contener con las riendas. Los romanos


            ya  se  habían  lanzado  al  galope,  entre  tolvaneras  de

            polvo, y a su izquierda, casi donde arrancaba la ladera

            de  Encelado,  venían  unos  jinetes  de  piel  oscura  que


            montaban a pelo y, entre ululatos, agitaban venablos

            sobre sus cabezas.


                  —Ésos para Peleo y sus tesalios —dijo Alejandro.


                  Cuando ya no había ni un estadio entre ellos y el


            primer jinete romano, que por el vistoso penacho de su

            yelmo debía de ser un oficial, el rey dio la orden de

            cargar, y el corneta que iba detrás de él hizo sonar el



                                                              840
   835   836   837   838   839   840   841   842   843   844   845