Page 841 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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toque. No habría sido necesario, pues ese instinto que
unía a los caballos hizo que siguieran a Amauro, el jefe
de la manada. Lisanias entonó el peán con sus
compañeros y sintió que lo poseía la embriaguez de
Eníalo, más salvaje aún que la de Dioniso. De pronto
recordó la noche en que había oído hablar por primera
vez de los romanos, cuando era tan joven que sólo
servía para hacer guardia de plantón, y bendijo a
Néstor por haber salvado a Alejandro para él y por
permitir que viviera ese momento.
La tierra retumbaba bajo sus cascos, y era un placer
estremecedor sentir que ese estruendo lo producían
ellos, el enorme poder del que sólo eran la punta. Por
supuesto, era un peligro que Alejandro cabalgara en
cabeza, pues todos los romanos debían estar fijándose
bien en su yelmo y su coraza para atacarle después.
Pero así tenía que ser: el rey de Macedonia sólo podía
guiar a su ejército mediante el ejemplo, siendo el
primero entre los héroes.
—¡Por Zeus que son valientes, a fe mía! —exclamó
Alejandro al ver que los romanos mantenían la carga
en vez de volver grupas.
Estaban tan cerca que cada uno podía ya elegir a su
pareja de lucha. Normalmente dos formaciones de
caballería se refrenaban en ese momento para evitar un
choque desastroso, pero ni Alejandro ni Amauro,
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