Page 844 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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de que Lisanias pudiera ensartarle con su lanza, el
hombre saltó bajo el cadáver y se apartó.
Había más luchadores a pie como aquél. Mirando
más allá, a unos quince codos de distancia, Lisanias
pudo ver cómo desmontaban de un salto,
aprovechando lo ligero de su impedimenta, y acudían
al frente de lucha sorteando con temeridad los caballos
propios y los enemigos. Luego se colaban entre las
patas de los animales y los desjarretaban o les rajaban
la barriga con sus espadas.
—¡Tenemos problemas, Alejandro! —gritó.
—¡Cuidado a tu izquierda, Lisanias! —le avisó
alguien.
Un romano se había colado bajo un caballo y ahora,
empuñando una pica rota, embestía contra el costado
de Carmis. Lisanias volvió su propia espada, pero una
fracción de segundo le bastó para saber que iba a llegar
tarde para salvar a su yegua. Entonces captó un
destello con el rabillo del ojo. Una hoja de acero partió
la vara del arma enemiga en dos, y luego giró en el aire
para clavarse en la boca del romano con un áspero
crujido de huesos y dientes rotos.
—¡Gracias, Mirmidón! —dijo Lisanias.
El Rey del Bosque parecía combatir mucho más
cómodo a pie, y ahora les estaba dando a los romanos
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