Page 843 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¡Lisanias, hijo de Hipomenes! —gritó él.


                  Ambos  bajaron  las  lanzas  a  la  vez,  pero  Lisanias

            consiguió adelantarse esta vez y le seccionó la carótida


            con  el  filo  de  la  moharra.  El  romano  puso  cara  de

            sorpresa, o tal vez de pena por caer tan pronto en la


            batalla, y se desplomó del caballo. Lisanias volvió su

            atención  a  la  derecha,  donde  dos  enemigos  estaban

            acosando  al  rey,  y  pilló  a  uno  desprevenido  y  logró


            clavarle la lanza en el costado. Al intentar sacarla, la

            punta se enganchó en las costillas del romano, que se

            vino  al  suelo  y  al  caer  le  partió  el  asta.  Lisanias


            desenvainó el sable con una maldición.


                  —¡No  te  quejes!  —le  dijo  Alejandro—.  ¡Dos

            enemigos son un buen precio por una sola lanza!


                  Lisanias  se  pegó  más  al  rey  y  dejó  que  otro


            Compañero con lanza se pusiera delante de él. Gracias

            al mayor alcance de sus armas y al peso de sus caballos,


            que les sacaban a los romanos una mano de alzada, los

            macedonios  empujaban  poco  a  poco  a  los  romanos

            hacia atrás. Cuando parecía que iban a ceder, Lisanias


            oyó  una  blasfemia  y  vio  cómo  el  Compañero  al  que

            había cedido el sitio caía al suelo junto con su montura.

            Un  romano  ataviado  como  los  demás  jinetes  había


            matado a su caballo con la espada, y ahora le dio un

            tajo en el cuello al macedonio aprovechando que había

            quedado inmovilizado bajo el peso del animal. Antes



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