Page 846 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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su  montura el  serpenteante  camino  que  subía  por  la

            ladera  de  Encelado,  los  sonidos  de  la  batalla  iban


            cambiando  de  calidad,  y  el  orden  de  las  pisadas

            marcando el paso, los tambores, los cantos, las órdenes

            y  las  flautas  se  iba  convirtiendo  en  un  caos  del  que


            resultaba difícil extraer sonidos con sentido.


                  Había dejado a Pegaso en Pompeya, pues el noble

            corcel,  más  avezado  a  carreras  rápidas  y  embestidas


            que  a  largas  jornadas  de  resistencia,  aún  se  estaba

            recuperando de la cabalgata desde Roma. Para subir

            por  aquellas  cuestas  sembradas  de  matorrales  y


            cascajo, no había nada como una buena mula de cascos

            fiables. Tras él venían cinco pajes y otros tantos jinetes

            tracios,  montados  en  caballos  pequeños  pero


            acostumbrados a terrenos fragosos. Néstor se acordó

            de la última vez que había subido a un miradero para


            contemplar una batalla, y suplicó en silencio a Apolo,

            dios  de  Delfos,  para  que  protegiera  a  Boeto  y

            convenciera a los romanos de que trataran bien al focio


            gruñón.


                  En  cada  revuelta  del  sendero,  conforme  Néstor

            ascendía más, el diseño que había dibujado Alejandro


            sobre el campo de batalla cobraba más sentido a sus

            ojos.  Por  fin,  se  detuvo  en  un  lugar  con  menos

            pendiente, se apeó de la mula y eligió para sentarse una


            piedra  lisa  y  no  demasiado  baja,  para  no  tener  que



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