Page 852 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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ligeros, recorrían el campo de batalla a lo ancho para

            salir por los lados.


                  Frente a los romanos se extendía una vasta línea de


            sarisas, un bosque de madera y puntas de acero que

            estaba esperando para clavarse en las entrañas de los


            hombres  de  Escipión.  La  brisa,  o  el  temor  de  los

            macedonios,  hacían  que  las  puntas  vibraran  como

            espigas agitadas por el viento.


                  —¡Mirad  cómo  tiemblan  las  sarisas!  —gritó  su


            centurión primipilo, Casio—. ¡Os tienen miedo!


                  La  distancia  ya  era  la  apropiada.  Pero  cuando

            Escipión estaba a punto de dar la señal para que los


            astados de las primeras filas cargaran a paso ligero y

            arrojaran los pila, observó que las filas posteriores de

            aquel  bosque  caían  de  repente,  como  si  un  hacha


            gigante  las  hubiera  abatido  de  golpe.  De  pronto  las

            picas se habían reducido a la mitad.


                  —Les  ha  entrado  el  canguelo  —dijo  Casio  en  su


            latín de la Subura.


                  Así  que  el  glorioso  ejército  de  Alejandro  había

            empezado  a  desplomarse  por  la  retaguardia  incluso

            antes de cruzar los aceros. Escipión se volvió hacia su


            cornicen y le dijo:


                  —Da la orden.


                  Para orgullo de Escipión, la corneta de la Tercera fue



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