Page 857 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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antes, pero no dejaban de avanzar, y por el borde de
sus escudos asomaban las puntas de sus espadas.
El tambor dio la señal que habían aprendido:
Ratatatá, DUMM‐DUMM. Sin pensar, todos dieron un
paso atrás con la derecha y otro con la izquierda. El
romano que iba a por Gorgo se quedó desconcertado,
y además al pisar el escudo abandonado por el peltasta
le falló el apoyo y dio un traspiés. Gorgo aprovechó
para pincharle con su lanza en la clavícula. Aquello
ocurría ya tan cerca de Demetrio que vio cómo saltaba
la sangre de la herida.
Al ver que el legionario caía al suelo de bruces,
Euctemón se agachó por debajo del escudo de Gorgo y
proyectó su lanza para clavarla por el hueco entre la
nuca y la coraza. Demetrio lo veía todo con una fría
lucidez, como algo ajeno y cercano a la vez, igual que
le había ocurrido años atrás cuando presenció una
pelea en una taberna del Pireo. Sólo que aquí las armas
tenían más filo y más hierro, y el soldado romano ya no
se levantó.
—¡Muy bien, Euctemón! —gritó Gorgo.
Demetrio sintió que se le encendía la sangre, pero
tan sólo podía animar a Gorgo y a su hermano, pues
aunque intentaba colar la lanza por los huecos, lo más
que consiguió fue rozar el escudo del siguiente
legionario que se enfrentó con la jefa del pelotón. Filo,
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