Page 853 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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la primera que sonó, pero las de las demás legiones no
tardaron en hacerle eco. Desde la relativa atalaya que
le brindaba su caballo, Escipión vio cómo sus astados
se lanzaban al ataque entre gritos de guerra, seguidos
por los de la legión auxiliar que tenía a la izquierda, y
después por los de todo el frente, hasta donde le
alcanzaba la vista, como una incontenible y arrasadora
marea humana.
Los venablos ya volaban hacia las filas enemigas,
entre las que Escipión ya distinguía rostros
individuales. Entonces sucedió algo muy extraño. En
lugar de abatir las largas sarisas para volverlas contra
sus atacantes, los griegos las dejaron caer al suelo, y en
su lugar empuñaron otras lanzas más cortas, mientras
en la primera fila aparecían como de la nada unos
enormes escudos de color pardo.
—¿Qué está pasando? —le preguntó Furio, uno de
sus tribunos.
—No lo sé —dijo Escipión—. Esto no era lo previsto.
—¿Qué más da picas que lanzas? —dijo el
primipilo—. Ahí no puede haber más de cuatro o cinco
hombres de fondo.
—En eso tienes razón, tribuno. ¡Ánimo, milites! —
gritó, con una voz acostumbrada a hacerse oír en la
tribuna de la rostra—. ¡Pasadles por encima y echadlos
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