Page 855 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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forrados de mantas de lana para ponerlos de cara al

            enemigo.


                  Al ver que aquella barrera protegía la zona inferior,


            Demetrio subió su broquel para cubrirse la cabeza. Los

            proyectiles silbaron en el aire, y pronto empezaron a


            repiquetear  sobre  los  escudos.  Entre  los  Agriopaides

            sólo  se  oían  gruñidos  y  voces  de  «Cuidado»,  «Estad

            atentos»,  «No  os  mováis»,  y  él  mismo  sin  quererlo


            advirtió a los demás:


                  —¡Aguantad!


                  Mientras  apoyaba  el  escudo  sobre  el  yelmo  y

            agachaba  la  cabeza,  se  dio  cuenta  de  que  era


            importante  sentirse  acompañado  y  por  eso  se  daban

            unos  a  otros  esas  instrucciones  inútiles.  Miró  a  la

            derecha un instante y vio que Cíclope le guiñaba el ojo


            bueno.


                  Algo golpeó de refilón en su escudo y pasó de largo

            hacia atrás. Una voz maldijo en alto, aunque no parecía


            un grito de dolor. Demetrio se arriesgó a asomarse por

            debajo  del  brazo  de  Euctemón,  y  vio  las  piernas  del

            peltasta  que  hacía  fuerza  para  sujetar  el  escudo,  y


            también  oyó  sus  gruñidos  y  los  gritos  de  ánimo  de

            Gorgo. Una punta asomó por el interior del escudo e

            hirió  la  espinilla  del  peltasta,  pero  el  de  Crotona,


            aunque soltó una blasfemia, aguantó en el sitio.





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