Page 858 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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como buen cierre de fila, jaleaba a los demás:
—¡Vais bien, vais bien! ¡Venga, un poco más, que
estáis aguantando! ¡Ya tienen la lengua fuera!
Demetrio no veía gran cosa. Lo que más
obstaculizaba la visión eran los escudos, pero no se
podía prescindir de ellos. De pronto algo volteó el
suyo, y Demetrio soltó una maldición. Una punta de
hierro de casi un palmo había atravesado la madera y
de paso se había llevado un trozo de carne de su
antebrazo. ¿Qué hacían disparando jabalinas esos locos
cuando sus compañeros estaban batiéndose en la
primera fila? Demetrio sujetó la lanza con la mano del
escudo, agarró el venablo con la derecha por el exterior
y tiró de él. Pero la punta se quedó enganchada.
—¡Estamos aguantando! ¡Ánimo! —seguía Filo.
El tambor les ordenó retroceder de nuevo. Lo
hicieron sin dejar de tirar lanzazos, pero esta vez los
enemigos no les siguieron. Aprovechando la pausa, el
tambor sonó varias veces seguidas y así pudieron
poner unos cuantos pasos entre ellos y los romanos,
que apoyaron los escudos en el suelo. Demetrio podía
imaginárselos detrás de ellos, doblando el lomo y
jadeando para recuperar el resuello. Había unos
cuantos cuerpos tendidos en la tierra de nadie que
habían dejado en medio; dos eran de los suyos, al
menos en la zona que alcanzaba a ver él.
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