Page 859 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Pasa atrás y quítate eso —le dijo Filo, tirándole
del tahalí para sacarlo de la formación.
Retroceder un par de pasos era como pasar de la
noche al día. Allí se abría un panorama más amplio, e
incluso a su derecha podía ver la majestuosa mole del
Vesubio. Había más gente que, como él, había salido de
las filas para arrancarse venablos de los escudos o, peor
aún, del cuerpo. Demetrio vio cómo un soldado
llamado Timarco tiraba de la jabalina romana y al
hacerlo se sacaba un intestino. Timarco se quedó
mirando unos instantes con cara de incredulidad y
cayó de bruces.
Horrorizado de su propia insensibilidad, Demetrio
se olvidó de aquel compañero, puso el escudo boca
abajo en el suelo, le plantó el pie encima y tironeó del
venablo hasta arrancarlo, lo que le costó abrir un
boquete por el que casi cabía un puño. Entonces se le
ocurrió algo. Corrió hacia Timarco, le sacó el escudo de
debajo del cuerpo y dejó el suyo a cambio.
—¡Tú, ladrón! —gritó alguien.
—Déjalo, ya no le hace falta —dijo otro.
El tambor llamó a retroceder de nuevo. Demetrio
corrió de vuelta a su puesto trazando una curva para
no ser arrollado. Durante ese breve instante disfrutó de
algo más de visión. Por detrás de la falange y hacia el
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