Page 861 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Pérdicas ya ni siquiera sabía dónde estaba Alejandro.


                  Los  romanos,  más  ligeros  de  equipo,  les  ganaron

            distancia, pero enseguida tropezaron con sus propias


            filas, y los hombres de Pérdicas los alancearon por la

            espalda  como  si  cazaran  conejos  en  una  pradera.


            Podrían haberse vuelto contra ellos y luchar, ya que no

            podían seguir cabalgando hacia el norte, pero Fobos,

            ese  dios  irracional  y  voluble,  se  había  apoderado  de


            ellos,  y  ya  fueron  incapaces  de  luchar  como  unidad.

            Los macedonios siguieron matando, y los cascos de sus

            caballos pisotearon a los caídos sin piedad.


                  Al cabo de un rato el tapón que retenía a los jinetes


            enemigos se debió despejar, y los enemigos huyeron de

            nuevo. El caballo de Pérdicas estaba agotado, y los del


            resto del escuadrón también, así que el general ordenó

            hacer un alto y esperó a que se asentara el polvo para

            ver dónde estaban.



                  De  alguna  manera,  se  habían  quedado  mirando

            hacia  el  Vesubio,  y  por  allí  se  retiraban  los  jinetes

            romanos  en  grupos,  como  bandadas  de  pájaros


            asustados.  Mucho  más  allá,  a  unos  diez  estadios,  la

            caballería bárbara de Alejandro estaba persiguiendo a

            los jinetes enemigos del otro flanco.


                  —Parece que casi hemos liquidado a su caballería


            —dijo  Gavanes,  jadeando  y  escupiendo  un  par  de

            dientes. Algo contundente le había golpeado en la boca


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