Page 865 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Demetrio le llevaba la cuenta, y ya había matado a dos
romanos. Él, por su parte, intentaba colar la lanza por
los huecos que le quedaban, pero su hermano tenía el
escudo bloqueando aquella parte y le era imposible.
Ratatatá DUMM‐DUMM. Los toques de tambor
que les ordenaban retroceder sonaban más seguidos
cada vez. A la derecha de Demetrio, Cíclope tuvo que
pasar al primer puesto y enfrentarse con el romano que
acababa de clavar la espada en la ingle de un
macedonio. A ambos lados se veían muchas más filas
de dos que de tres. Demetrio pensó que los
Agriopaides eran un gran taco de madera, y los
romanos la escofina que los estaba lijando.
En el siguiente redoble volvió a mirar hacia atrás. Ya
estaban casi encima de los arqueros. Por fin, éstos
recibieron la orden. Los cretenses empulgaron sus
arcos, los apuntaron hacia arriba y aguardaron un
instante.
—¡Soltad! —gritó una voz áspera.
Cientos de flechas volaron en una alta parábola
sobre las cabezas de los Agriopaides. Demetrio se
imaginó cómo caían al otro lado, pero si hubo gritos de
dolor, no los distinguió de los demás. En ese momento
se oyó la grave nota de una trompa, respondida
enseguida por otras, como los bramidos de enormes
bestias en celo. Miles de gargantas frescas gritaron a la
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