Page 869 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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decenas de corceles más siguiéndolo. El retumbar en el
suelo creció, y sin mirar comprendió que se habían
unido a la carga jinetes de varios escuadrones, todos
aquellos que eran capaces de exigirles un último
esfuerzo a sus caballos.
Cuando estaban a unos cuarenta codos de los
triarios, éstos dejaron de reírse, fijaron las lanzas en el
suelo y volvieron a guarecerse tras los escudos.
Pérdicas azuzó a la yegua golpeándole con los talones
en los ijares, levantó la espada en el aire y gritó:
—¡Por Alejandro!
En ese último momento, sonrió satisfecho, una de
las pocas veces que lo había hecho en su vida. Había
encontrado la forma de evitar la vergüenza, y esta vez
ni Crátero, ni siquiera Alejandro, estaban delante de él.
—Perdóname, Aicmé.
Pérdicas sabía a qué distancia exacta iba a rehusar
su yegua. En ese preciso momento, volvió el brazo
hacia atrás, le hincó la punta de la espada en un anca,
hurgó un instante y la volvió a sacar. Con un salvaje
relincho, ciega de dolor, Aicmé se abalanzó contra los
escudos. Una lanza rasgó la piel de su flanco derecho,
se clavó en la rodilla de Pérdicas y se partió en dos. El
dolor fue lacerante, mucho peor que el de la flecha de
Gaugamela, pero Pérdicas ni se molestó en mirar hacia
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