Page 868 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¡Pues busquemos un ariete!


                  Entonces  Pérdicas  comprendió  lo  que  tenía  que

            hacer.  «Harás  algo  que  celebrarán  las  crónicas  y  los


            poetas.»


                  —Está bien, Alejandro —jadeó—. Vamos a cargar

            una vez más. ¡Gavanes!


                  Su sobrino, que se había abrazado al cuello de su


            caballo, despertó de repente y trotó hacia él.


                  —¡Sí, tío!


                  —Toma  mi  lanza.  Yo  usaré  la  espada.  Ahora  me

            vendrá mejor. Después se volvió hacia el rey.



                  –No tengo derecho a ello, Alejandro, pero te pido

            un favor. Déjame que cargue con tus hombres...


                  —Está bien.


                  —... el primero.


                  Alejandro  ladeó  la  cabeza  y  entrecerró  los  ojos.


            Pérdicas pensó que no era tan difícil comprender lo que

            pretendía hacer, pero el rey debía estar muy cansado,

            porque meneó la cabeza.



                  —De  acuerdo.  Si  tu  presentimiento  es  bueno,  te

            seguiré una vez más, viejo amigo.


                  Pérdicas se puso delante de Alejandro y apretó las

            rodillas sobre los flancos de su yegua. Enseguida oyó


            el  relincho  de  Amauro  detrás  de  él,  y  los  cascos  de



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