Page 867 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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triarios, que estaban armados con largas lanzas en
lugar del pilum, clavaban la contera en el suelo,
apoyaban el pie derecho encima y proyectaban las
aguzadas puntas hacia los hocicos de los caballos. Los
animales se frenaban antes de llegar, temerosos de
aquella barrera. Sus jinetes los retenían allí y,
montados, trataban de luchar contra los legionarios.
Muchos de ellos habían perdido ya sus lanzas y tenían
que acercarse para alcanzar a sus enemigos con las
espadas, y con ello sólo conseguían que los romanos
desjarretaran a sus caballos. Y los que aún conservaban
las picas comprobaban que era muy difícil burlar la
protección de los grandes escudos ovalados.
Tras la cuarta intentona, Alejandro se acercó a
Pérdicas. Los ojos de Amauro parecían a punto de
salirse de sus órbitas. Muchos jinetes ya no embestían
porque sus caballos no podían dar un paso más, y
varias bestias se habían desplomado muertas en el acto.
—Quiero a ese hombre, y lo quiero ya —dijo
Alejandro con rabia, señalando al dictador—. No dejes
de cargar con tus hombres.
—Ellos no se cansan —dijo Pérdicas, señalando
hacia los romanos, que ahora enarbolaban las lanzas
sobre sus cabezas y se burlaban de ellos—. Por más que
insistamos no vas a conseguir nada. Es como tirarse
contra un muro.
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