Page 870 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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abajo para ver qué quedaba de su pierna. Dos escudos

            cayeron  bajo  la  masa  de  Aicmé,  y  Pérdicas  abatió  la


            espada con toda la fuerza de su brazo, rajó el yelmo de

            cuero  de  un  romano  y  le  partió  la  cabeza  en  dos.

            Después, mientras su yegua pateaba entre cuerpos de


            romanos como si nadara en las impetuosas aguas de un

            torrente  de  Orestis,  Pérdicas  siguió  golpeando  hasta


            que la espada se le quebró, y después lo hizo con la hoja

            rota y con el puño, mientras las puntas de las lanzas se

            hundían en sus piernas y en sus brazos. Algo le pinchó


            bajo  la  barbilla,  y  al  notar  el  sabor  del  hierro  en  su

            lengua comprendió que le habían atravesado la boca.

            Con  un  último  esfuerzo,  giró  la  cabeza,  aunque  eso


            hizo que la punta de la lanza se hundiera en su paladar.

            Pero su última visión lo envió feliz al Hades. Tras él,

            abriéndose paso en la estela de caos que había dejado a


            su  paso,  venían  Alejandro  y  Amauro,  y  le  seguía  la

            cuña ya imparable de la caballería de Compañeros.


                  Lisanias se lanzó detrás de Alejandro, vareando a su


            derecha  con  la  lanza  que  había  recogido  del  suelo,

            buscando más proteger al rey que herir a los romanos.


            Los caballos avanzaban despacio entre aquella masa de

            hombres,  como  si  nadaran  contracorriente,  pero  una

            vez  que  habían  roto  las  filas  ya  era  casi  imposible


            detenerlos. Por los huecos que se abrían se precipitaron

            los agrianos, y en las filas de la retaguardia de la legión,




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