Page 872 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Según la ampolleta de la clepsidra, Néstor llevaba

            una hora y media allí arriba. Poco tiempo y a la vez una


            eternidad.


                  Mientras subía por la ladera había sospechado cuál

            era el plan de Alejandro, pero ahora lo comprendía por


            fin. Una audacia sin límites. En otras batallas en que

            había  estado  en  inferioridad  numérica,  como  Iso  o

            Gaugamela,  se  había  arriesgado  a  perder  en  ciertas


            zonas  del  campo  de  batalla  a  cambio  de  asestar  un

            golpe  profundo  y  decisivo.  Pero  aquí,  con  veinte  o

            veinticinco mil hombres menos que Papirio, se había


            atrevido a intentar una maniobra envolvente, y le había

            salido bien.


                  En su avance, las ocho legiones del centro se habían


            metido  solas  en  la  trampa.  A  ambos  lados,  los

            batallones de sarisas aguardaban, ocultos tras las otras

            líneas  del  ejército  de  Alejandro;  y  cuando  el  enorme


            bocado había entrado entre sus mandíbulas, las habían

            cerrado.


                  Ahora los legionarios no tenían escapatoria. Por los


            lados este y oeste, las falanges estaban frescas, recién

            entradas en combate, y la táctica que en el monte Circeo

            había  servido  contra  las  sarisas  era  inútil  allí,  con


            tropas tan apiñadas que apenas podían maniobrar.


                  Por  el  sur,  la  dirección  del  avance  romano,  la

            delgada  línea  de  defensa  planteada  por  Alejandro


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