Page 874 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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eternidad. Los hombres que gritaban ya no eran
soldados luchando. Podrían haber sido náufragos
ahogándose en una tormenta, leñadores atrapados en
el incendio de un bosque, víctimas que habían perdido
ya toda opción de salvarse de su destino y sólo
compartían entre sí el pánico.
Observa, obsérvalo todo.
Pero no, Néstor no podía quedarse allí sentado,
observando sin más cómo Alejandro ordenaba el
exterminio de decenas de miles de romanos. Todo
aquello no habría sucedido si él no hubiese seguido el
impulso de viajar a Babilonia, si no hubiese curado a
aquel rey loco. Tenía que parar la matanza.
Sin decir nada a su escolta, Néstor montó a lomos
de la mula y la arreó para que bajara la ladera. Los
gritos de terror y agonía eran cada vez más
penetrantes, y ya apenas se oían toques de corneta ni
cascos de caballos. Sólo los chillidos de los que morían.
Escipión había tardado en comprender lo que
pasaba. Las falsas sarisas le habían preocupado un
poco, pero confiaba en que sus hombres consiguieran
quebrar la resistencia de las líneas griegas y no le dio
importancia a aquel engaño. Luego, cuando los
enemigos tiraron aquellos enormes escudos
acolchados que habían utilizado para resistir lo peor de
las primeras andanadas de pilos, descubrió que los
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