Page 876 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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eran tan inalcanzables como las estrellas del cielo. La
presión aumentaba por todos lados, y ya no existían
huecos entre manípulos ni centurias, ni siquiera entre
los soldados. Escipión recibía empujones por todas
partes, y en uno de ellos la espada se le cayó. Ni
siquiera podía agacharse para recogerla. Estaba
rodeado de corazas, petos y escudos cuyas blocas se le
clavaban en los brazos y en las costillas. Los hombres
intentaban darse ánimos para empujar contra los
macedonios, pero las voces de aliento pronto se
convirtieron en blasfemias, y luego en gruñidos
cuando cada uno luchaba tan sólo por tener sitio para
respirar.
Entre las picas y Escipión apenas había ya quince
pies, y podía ver cómo los macedonios las usaban para
machacar a sus hombres. Las puntas avanzaban y
retrocedían, pinchando, cortando, empujando. Allí
estaba Casio, el primipilo, caído de espaldas sobre una
pila de cadáveres, con los brazos en cruz. Había dos
macedonios que se habían ensañado con él, y como no
terminaba de caer al suelo por los cuerpos que tenía
debajo, le siguieron clavando las puntas de sus sarisas
hasta que a los huesos de su cara no les quedó carne
que arrancar. Los muertos no tenían sitio apenas donde
desplomarse, y Escipión sintió el frío pánico de un fin
que se acercaba y ante el que no podía hacer nada.
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