Page 877 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Porque los macedonios, llevados por el ansia de matar,

            estaban  trepando  sobre  los  cadáveres,  y  aunque


            resbalaban en las corazas y los escudos pringados de

            sangre y vísceras, desde allí arriba seguían pinchando

            con sus sarisas como pescadores arponeando atunes en


            una almadraba.


                  Cada  vez  le  costaba  más  respirar.  Intentaba  no

            expulsar  el  aire  de  su  pecho,  porque  luego  era  casi


            imposible volver a llenarlo. Uno de los que le estaba

            aplastando  era  el  tribuno  Furio.  Escipión  le  dijo  que

            intentara apartarse un poco, pero Furio no le contestó.


            Estaba muerto.


                  Se le empezaba a ir la cabeza. Por momentos lo veía

            todo negro, y luego de pronto aparecían unas estrellas


            doradas flotando ante sus ojos. Y luego las estrellas se

            fundieron en una blanca muy grande que pasó sobre

            su cabeza.



                  Sonó  un  trueno  lejano.  Qué  molesto,  pensó.  En

            cambio, qué paz era cerrar los ojos y hundirse en las

            aguas del olvido. Su penúltimo pensamiento fue para


            Julia. El último fue para una joven vestal muerta veinte

            años atrás.


                  —¡Ya no se retrocede, Agriopaides! —gritó Gorgo.


                  Leónato  estaba  muerto,  o  debía  estarlo,  porque


            hacía rato que no se oía su voz. Debía haber sido uno




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