Page 879 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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un tajo a la cabeza de Demetrio. Éste logró pararlo,
aunque la fuerza del golpe hizo que de rebote su propio
antebrazo le golpeara en la coronilla. Por instinto, tiró
una estocada. Su espada se clavó por debajo de la placa
pectoral del romano y entró hasta la mitad. Lo más
desagradable para Demetrio no fue el vómito de sangre
que chorreó por la barbilla del romano, sino la horrible
sensación de extraer la espada de su cuerpo, como si
sacara un palo de un lodazal endurecido.
Al bajar el brazo del escudo notó que le dolía
debajo, entre el costado y la axila. En ese momento
Gorgo apareció como de la nada, se puso de puntillas
sobre Euctemón y lanzó una estocada que alcanzó a un
romano entre los ojos.
—¡Hijo de puta! —gritó con una rabia que
sorprendió a Demetrio.
Gorgo, aprovechando que ahora tenía dos muertos
romanos como parapeto, tiró del tahalí de Demetrio y
se lo llevó atrás.
—Te ha pinchado. Ese cabrón te ha pinchado.
—No, qué va. Yo...
Gorgo le hizo soltar el escudo y le levantó el brazo.
Los gritos de la batalla se habían fundido en un chillido
agudo, casi femenino, de pánico y muerte; y era un
chillido romano, porque a los macedonios sólo se les
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