Page 878 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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de los últimos Agriopaides en caer. Ahora que habían

            cerrado la tenaza sobre los romanos, como la distancia


            era menor, podían cerrar de nuevo las filas y empujar.

            Por encima de sus cabezas seguían silbando las flechas,

            que caían en la masa de enemigos como un pedrisco de


            hierro, y más a la izquierda los catafractos se dedicaban

            a aplastar y segar romanos como si fueran mala hierba.


                  Ahora había desaparecido el miedo. Sólo quedaba


            la euforia del combate y la rabia contra los enemigos

            que  habían  estado  hostigándolos  y  matando  a  sus

            compañeros. Los macedonios y los griegos mataban a


            placer, mientras los romanos perecían en el centro de

            su  propia  aglomeración,  pisoteados,  asfixiados,

            heridos por sus propias armas.



                  Euctemón estaba en primera fila, con Gorgo al lado,

            y desde atrás Demetrio les veía subir y bajar la espada

            como  leñadores  cortando  ramas  o  matarifes


            destazando reses. Gorgo retrocedió blasfemando, con

            la hoja de hierro partida en dos, y Demetrio aprovechó


            para ocupar su puesto y ponerse a la izquierda de su

            hermano.


                  Era la primera vez en toda la batalla que se veía cara

            a cara con un enemigo. Aquel romano tenía el escudo


            roto; quién sabía cómo, pero se había quedado tan sólo

            con la mitad superior, y el codo le sobresalía por debajo

            de la bloca. El legionario gritó de ira y miedo y lanzó



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