Page 92 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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por su propio peso, pero para que suba otra vez a la
superficie se requiere una fuerza misteriosa que nadie
conoce. Seguro que Aristóteles no estaría de acuerdo
con algo tan contrario a las leyes de la naturaleza.
—¿Conoces el río Alfeo? ¿Es que has estado en
Olimpia?
Él asintió con gesto paciente. Clea sabía que lo
estaba atosigando con sus cambios de tema, pero no
quería dar por terminada aún la conversación.
—Yo nunca he salido de Sicilia —se apresuró a
añadir—. ¿Cómo es Olimpia? ¿La estatua de Zeus es
tan grande como dicen?
—No tanto como el bronce de tu esposo en el puerto
de Alejandría, aunque en la penumbra del templo
impresiona, como si de verdad estuvieras ante el dios.
La ciudad es muy pequeña, poco más que una aldea,
pero se encuentra en un valle muy hermoso sombreado
por robles, álamos y acebuches. Un lugar sencillo y
encantador. Si pudiera elegir, no me importaría vivir en
él. Clea se dijo que el médico, como todos los que
rodeaban a Alejandro, tampoco hacía lo que quería. Si
ni siquiera alguien que parecía tan inteligente y seguro
de sí mismo como Néstor, y que además era varón,
podía ser libre, ¿qué esperanza le quedaba a ella? Era
un pensamiento deprimente, y lo ahuyentó.
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