Page 136 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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La jaula se liberó de sus anclajes y comenzó su rápido
movimiento balanceante bajo la piel del Parlamento.
Recorrió los túneles ocultos arriba y abajo, a un lado y a otro,
diagonalmente, cambiando de dirección, transfiriéndose
bamboleante a nuevas cadenas durante cinco, treinta
segundos, dos minutos o más, hasta llegar a su destino, donde
golpeó una campana para anunciarse. Otra puerta deslizante
se abrió ante ella y quedó liberada la caja al alcanzar su
destino. A lo lejos, una nueva jaula se balanceaba hasta
situarse en su posición frente a la oficina del secretario.
El encargado de Adquisiciones trabajaba con rapidez. En
menos de quince minutos había clasificado y enviado casi
todas las rarezas que habían llegado a su mesa. Fue entonces
cuando vio uno de los pocos paquetes restantes, que se
agitaba de forma extraña. Dejó de escribir y lo tocó con el
dedo.
Los sellos que lo adornaban declaraban que acababa de
llegar en un barco mercante, de nombre escondido. Bien
escrito en el frente del paquete aparecía su destino: «Dra. M.
Barbile, Investigación y Desarrollo». El secretario oyó el
sonido de rasguños. Vaciló un momento y entonces desató
con sumo cuidado las cuerdas que lo cerraban. Observó el
interior.
Dentro, en un nido de trizas de papel que mascaban con
diligencia, había una masa de gruesos gusanos más grandes
que su pulgar.
El hombre se retiró, abriendo los ojos tras sus gafas. Las
criaturas eran de un color asombroso, hermosos rojos
oscuros y verdes con la iridiscencia de las plumas de un pavo
real. Se revolvían y agitaban para mantenerse sobre sus
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