Page 254 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Isaac comprendió que no había modo de que las bolas de
droga que había dejado en la jaula contuvieran ni de lejos el
número de calorías que el ciempiés había empleado para
crecer durante la noche. Aunque hubiera intercambiado
gramo a gramo lo que había ingerido, no habría podido
alcanzar un incremento de aquella magnitud.
Tenía que sacarlo de la jaula, pues parecía patético,
encerrado sin remedio en aquel espacio angosto. Isaac se
retiró, un poco asustado y algo asqueado ante la idea de tocar
a aquel ser extraordinario. Al final cogió la caja,
tambaleándose ante el enorme peso aumentado, y la sostuvo
sobre el suelo de una jaula mucho mayor sobrante de sus
experimentos, un pequeño aviario de tela de gallinero de
metro sesenta de altura, y que contuvo a una pequeña familia
de canarios. Abrió el frente de la celda y depositó al grueso
gusano sobre el serrín, cerró después a toda prisa y aseguró
el pestillo.
Se acercó para contemplar al cautivo realojado.
Ahora parecía mirarlo directamente, y pudo sentir sus
infantiles peticiones de desayuno.
—Oye, espérate —le dijo—. Yo ni siquiera he comido
todavía.
Se retiró incómodo antes de girarse y dirigirse al salón.
Durante su desayuno, consistente en fruta y pasteles
helados, comprendió que los efectos de la mierda onírica
desaparecían muy rápido. Podrá ser la peor resaca del
mundo, pensó irónico, pero al menos desaparece en menos
de una hora. No me extraña que esos malditos adictos
repitan.
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