Page 284 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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ambivalentes de lo que se había permitido creer.

                Había habido khepri en Nueva Crobuzon desde hacía casi

            setecientos años, desde que el Mantis Fervorosa cruzara el

            Océano Hinchado y alcanzara Bered Kai Nev, el continente

            oriental,  el  hogar  de  las  khepri.  Algunos  mercaderes  y

            viajeros  habían  regresado  de  la  misión  acompañados.

            Durante siglos, los descendientes de aquel grupo diminuto se

            mantuvieron en la ciudad y se convirtieron en nativos. No

            había barriadas separadas, ni gusanos caseros, ni guetos. No

            había los suficientes khepri. Hasta el Cruce Trágico.

                Pasaron  cien  años  antes  de  que  los  primeros  barcos  de

            refugiados llegaran arrastrándose, apenas enteros, a la Bahía

            de Hierro. Sus enormes motores mecánicos estaban oxidados

            y  rotos,  las  velas  desgarradas.  Eran  barcos  fúnebres,
            atestados  de  khepri  de  Bered  Kai  Nev  apenas  vivos.  La

            enfermedad era tan despiadada que los viejos tabúes contra

            el entierro en el agua fueron ignorados. Así que había pocos

            cadáveres sobre la cubierta, aunque sí miles de moribundos.

            Las naves eran como la ahita antecámara de un depósito de

            cadáveres.

                La  naturaleza  de  la  tragedia  era  un  misterio  para  las

            autoridades  de  Nueva  Crobuzon,  que  no  disponían  de

            cónsules ni de mucho contacto con ninguno de los países de

            Bered  Kai  Nev.  Las  refugiadas  no  hablaban  de  ello,  o  lo

            hacían con elipsis, o, en caso de ser gráficas y explícitas, la

            barrera del lenguaje bloqueaba la comprensión. Lo único que

            los humanos sabían era que algo terrible le había sucedido a
            los khepri del continente oriental, algún terrible vórtice que

            había reclamado millones de vidas, dejando tan solo a unos

            pocos capaces de escapar. Las khepri habían bautizado aquel




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