Page 289 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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conversaciones  tentativas  con  las  demás  niñas,  que  le

            enseñaron  cómo  vivían  sus  vecinas;  su  miedo  a  usar  el

            idioma  que  conocía  de  forma  instintiva,  la  lengua  que

            portaba en la sangre, pero que su madre le había enseñado a
            despreciar.


                Recordó el regreso a una casa infestada de machos khepri,

            el hedor de la verdura y la fruta podrida sembrada para que

            los sementales la devoraran. Recordó cómo le obligaban a

            lavar los innumerables caparazones resplandecientes de sus

            hermanos, a amontonar su estiércol frente al altar de la casa,
            a dejarles recorrerla y explorar su cuerpo, dirigidos por su

            curiosidad imbécil. Recordó las discusiones nocturnas con su

            hermana  de  nido,  desarrolladas  con  las  diminutas  oleadas

            químicas  y  los  suaves  siseos  que  eran  los  susurros  de  las

            khepri. Como resultado de aquellos debates teológicos, su

            hermana había adoptado el camino opuesto al de ella y se

            había enterrado tan profundamente en su fe del Aspecto de
            Insecto que superó a su madre en fanatismo.


                Hasta que no cumplió quince años, Lin no se atrevió a

            desafiar  abiertamente  a  su  madre  de  Nido.  Lo  hacía  en

            términos  que  ahora  veía  como  ingenuos  y  confusos.  Lin
            denunciaba a su madre como una hereje, maldiciéndola en el

            nombre  del  panteón  mayoritario.  Huía  del  lunático  auto

            desprecio del culto al Aspecto de Insecto, de las angostas

            calles de Ensenada. Huyó a Kinken.


                Comprendió que por eso, a pesar del descontento posterior

            (su desprecio, en realidad, su odio), había una parte de ella
            que siempre recordaría Kinken como un santuario. Ahora la

            presuntuosidad  de  aquella comunidad  insular  le  asqueaba,

            pero en la épica de su huida se había emborrachado con ella.




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