Page 314 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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paralizaban los constructos haciendo que examinaran de
forma recurrente sus programas básicos de comportamiento.
Se veían acosados por el reflejo... por las semillas de la
consciencia.
El técnico buscó en su caja y sacó un juego de tarjetas de
programación y las abrió con habilidad. Susurró una
plegaria.
Trabajando a asombrosa velocidad, aflojó varias válvulas
y diales en el núcleo del aparato. Abrió la compuerta
protectora de la ranura de entrada de programas, y comprobó
que hubiera presión suficiente en el generador para alimentar
el mecanismo de recepción del cerebro metálico. Los
programas se cargaban en la memoria, para ser actualizados
mediante los procesadores del constructo cuando este se
encendía. Deslizó rápidamente una primera tarjeta, después
otra, y otra, por la abertura. Sintió el traqueteo de los dientes
y los muelles, rotando a lo largo del tablero rígido, hasta
encajar en las pequeñas perforaciones que se traducían en
instrucciones o información. Hacía una pausa entre tarjeta y
tarjeta para asegurarse de que los datos se cargaban
correctamente.
Barajó su pequeño mazo como un profesional, sintiendo
los minúsculos movimientos del motor analítico a través de
las puntas de los dedos de su mano izquierda. Estaba al
acecho de entradas defectuosas, de dientes rotos o
bloqueados, de zonas móviles mal engrasadas que pudieran
corromper o bloquear sus programas. Todo estaba en orden.
No pudo evitar lanzar un siseo triunfante. El virus del
constructo era resultado exclusivo de la retroalimentación
informativa, no de un defecto físico. Eso significaba que
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