Page 377 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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caprichoso... Ya se lo he preguntado alguna vez: ¿qué supone

            usted que le sucede a los demonios cuando ellos mueren? Y

            los dos sabemos que eso es posible...

                El embajador inclinó la cabeza en educada concesión.


                —Es  un  modernista,  alcalde  Rudgutter  —dijo—.  No
            discutiré con usted. Por favor, recuerde que mi oferta sigue

            en pie.


                Rudgutter agitó las manos impaciente. Estaba sosegado.

            No  le  afectaban  los  gritos  patéticos  que  perseguían  a  las

            palabras  del  embajador,  y  no  se  permitió  experimentar

            inquietud cuando, al mirar al embajador, la forma del hombre
            parpadeó  una  fracción  de  segundo  para  ser  reemplazada

            por... algo más.


                Ya  había  experimentado  aquello  antes.  Siempre  que

            Rudgutter  parpadeaba,  durante  el  momento  más
            infinitesimal, veía la estancia y a su ocupante de un modo

            muy  distinto.  A  través  de  sus  párpados  podía  percibir  el

            interior  de  una  jaula  de  listones:  barrotes  de  hierro

            moviéndose como serpientes, arcos de fuerzas impensables,

            un mareante y desgarrador torrente de calor. Allá donde el

            embajador  se  sentaba,  captaba  destellos  de  una  forma

            monstruosa. Una cabeza de hiena lo perforaba con la mirada,

            con  la  lengua  desenroscada.  Pechos  con  colmillos

            purulentos. Pezuñas y garras.

                El aire muerto de la habitación no le permitía mantener los

            ojos  abiertos.  Tenía  que  parpadear,  aunque  ignoraba  las

            breves visiones. Trataba al embajador con cauteloso respeto,

            y el demonio le correspondía con la misma actitud.

                —Embajador,  estoy  aquí  por  dos  motivos.  Uno  es

            extender a su señor, su Diabólica Majestad, Zar del Infierno,


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