Page 381 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Rudgutter aguardó a que la despiadada y tétrica resonancia
del que hacer que hacer que hacer remitiera en el exterior.
El eco le revolvía el estómago.
—Oh, sí, sí, embajador —dijo—. Lamento haberle tenido
ocupado. Espero que volvamos a hablar pronto.
El embajador agachó la cabeza en educada despedida y
sacó una pluma del bolsillo interior y comenzó a escribir en
los papeles. Detrás de Rudgutter, Vansetty giraba
potenciómetros y apretaba varios botones, ante lo que el
suelo de madera comenzó a temblar, como sacudido por un
etermoto. Un zumbido aumentó su intensidad alrededor de
los humanos apiñados, que se bamboleaban en su pequeño
campo de energía. El aire malsano vibró arriba y abajo y
recorrió sus cuerpos.
El embajador pandeó, se dividió y desapareció en un
instante, como un heliotipo en el fuego. La pálida luz carmesí
formó burbujas antes de evaporarse, como si se filtrara por
un millar de grietas en las polvorientas paredes del despacho.
La oscuridad de la sala se cerró sobre ellos como una trampa.
La diminuta vela de Vansetty parpadeó y se apagó. Tras
comprobar que no eran observados, Vansetty, Rudgutter,
Stem-Fulcher y Rescue abandonaron el lugar. El aire era
deliciosamente frío. Pasaron un minuto limpiándose el sudor
de la cara y arreglando sus ropas, sacudidas por los vientos
de otros planos.
Rudgutter sacudía la cabeza con asombrado
arrepentimiento.
Sus ministros se compusieron y se volvieron hacia él.
— Me he reunido con el embajador quizá una docena de
veces en los últimos diez años —les dijo—, y nunca lo había
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