Page 396 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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cinco metros al norte del Puente Hadrach, hasta que se abrió
camino asqueado sobre el ruinoso paisaje de tejados de
Ensenada. Dejó el tren en Barro Bajo, en el límite occidental
de aquel gueto. No le llevó mucho recorrer las calles
putrefactas, dejando atrás edificios grises que rezumaban
antinaturales una humedad sudorosa, congéneres que la
miraban y saboreaban el aire que desplazaba, porque su
perfume de clase alta y sus extrañas ropas la marcaban como
una de las que había escapado. No le llevó mucho tiempo dar
con el camino hasta la casa de su madre de nido.
No se había acercado demasiado, pues no quería que su
sabor se filtrara a través de las ventanas rotas y alertara a su
madre y a su hermana de su presencia. En el creciente calor,
su aroma era como una insignia para las demás khepri, un
olor que no podía quitarse de encima.
El sol se había desplazado y calentaba el aire y las nubes,
y allí seguía Lin, algo alejada de su antiguo hogar. No había
cambiado. Desde dentro, desde las grietas en las paredes y
las puerta, podía oír los pasos, los pisotones orgánicos de los
machos khepri.
Nadie salió.
Las viandantes le lanzaban efluvios químicos de disgusto
por regresar para agazaparse, para espiar una casa
desprevenida, pero las ignoró a todas.
Si entraba y su madre estaba allí, pensó, las dos se
enfadarían y se sentirían desdichadas, y discutirían sin
sentido, como si los años no hubieran pasado.
Si su hermana estaba allí y le decía que su madre había
muerto, y que Lin la había dejado marchar sin una sola
palabra de furia o perdón, estaría sola. Su corazón podría
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