Page 398 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Aquella mañana, junto a los muelles de Arboleda, el
amanecer había sido recibido con un tremendo griterío. Los
estibadores vodyanoi habían pasado la noche excavando,
dando forma, paleando y limpiando grandes cantidades de
agua alterada. Cuando el sol despertó, cientos de ellos se
alzaron desde las aguas nauseabundas, cogiendo puñados del
río y arrojándolos fuera del Gran Alquitrán.
Habían aplaudido y vitoreado mientras levantaban el
último y delgado velo de líquido de la gran trinchera
practicada en el río. El espacio tenía una anchura de más de
quince metros, una enorme rebanada de aire cortada en el
canal que se extendía casi trescientos metros de una orilla a
la otra. En ambas riberas, y en algunas zonas en el fondo,
habían quedado pequeños pasos de agua para evitar que se
formara una presa. En el fondo de la trinchera, a casi quince
metros bajo la superficie, el lecho del río estaba atestado de
vodyanoi, cuyos gruesos cuerpos se deslizaban los unos
sobre los otros en el barro, tanteando con cuidado las
distintas superficies verticales y horizontales de agua allá
donde el río era interrumpido. En ocasiones, un vodyanoi
departía con sus compañeros y saltaba sobre sus cabezas con
una poderosa convulsión de sus enormes ancas traseras,
atravesaba la muralla de aire y se sumergía en el agua,
alejándose con el movimiento de sus pies palmeados en
misión desconocida. Otros alisaban rápidamente el agua tras
él, volviendo a sellar la obra para asegurar la integridad del
bloqueo.
En el centro de la trinchera, tres membrudos vodyanoi
conferenciaban sin parar, saltando o arrastrándose para pasar
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