Page 399 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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información a los camaradas a su alrededor, regresando
después a su discusión. Se trataba de agitados debates. Eran
los líderes elegidos por el comité de huelga.
A medida que se alzaba el sol, los vodyanoi en el fondo
del río y en las orillas desplegaron sus carteles: «
¡SALARIOS JUSTOS YA!, exigían. ¡Si NO HAY
AUMENTO, NO HAY RÍO!».
A ambos lados de la grieta fluvial, pequeños botes
remaban con cuidado hacia el extremo del agua. Los
marineros se inclinaban tanto como podían, valorando la
extensión del surco y sacudiendo la cabeza exasperados. Los
vodyanoi vitoreaban y aplaudían.
Se había creado el canal un poco al sur del Puente de la
Cebada, en el mismo límite de los muelles. Había barcos
esperando para entrar, y otros deseando salir. A kilómetro y
medio río abajo, en las insalubres aguas entre Malado y la
Perrera, los barcos mercantes retenían a los nerviosos
gusanos marinos y dejaban que las calderas se enfriaran. En
la otra dirección, en los embarcaderos y los pañoles de
descarga, en los anchos canales de Arboleda junto a los
diques secos, los capitanes de naves llegadas de puntos tan
lejanos como Khadoh vigilaban impacientes a los piquetes
vodyanoi que atestaban el río, preocupados por su regreso a
casa.
Hacia la mitad de la mañana, los estibadores humanos
llegaron para comenzar con su tarea de carga y descarga, y
descubrieron al instante que su presencia era más o menos
superflua. Una vez se terminara de preparar los barcos que
seguían anclados en la propia Arboleda, lo que representaría
como mucho dos días de trabajo, se quedarían parados.
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