Page 402 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Se produjo una gran excitación entre la multitud, y las
noticias se extendieron rápidamente entre los reunidos:
llegaba el alcalde. Entonces se divisó una tercera y una cuarta
nave, que cruzaban ineludibles la ciudad hacia Arboleda.
La sombra de la inquietud recorrió las orillas del río.
Parte de la multitud se dispersó rápidamente. Los
huelguistas redoblaron sus proclamas.
A las cuatro menos cinco, las naves flotaban sobre los
muelles formando una equis, como una amenazadora
muestra de censura. A un kilómetro y medio al este, otro
dirigible solitario colgaba sobre la Perrera, al otro lado del
pesado meandro del río. Los vodyanoi, los humanos y las
multitudes reunidas se cubrieron los ojos con la mano y
contemplaron las formas impasibles, sus cuerpos de bala
como calamares predadores.
Las naves aéreas comenzaron a descender. Se deslizaban
con cierta velocidad, haciendo discernibles de repente los
detalles de su diseño, la sensación masiva de sus cuerpos
inflados.
Justo antes de las cuatro en punto, extrañas formas
orgánicas flotaron desde detrás de los tejados circundantes y
emergieron de puertas deslizantes en lo alto de las torres de
la milicia de Arboleda y Siriac, que carecían de conexión por
tren elevado.
Aquellos objetos sin peso se bamboleaban con la brisa y
comenzaban a vagar, casi al azar, hacia los muelles. El cielo
se llenó de repente de aquellas cosas. Eran grandes, de
cuerpo blando, una masa de tejido hinchado y retorcido
cubierto de intrincados pliegues y curvas de pellejo, cráteres
y extraños orificios supurantes. El saco central tenía unos tres
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