Page 702 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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engranajes mecánicos desde lo alto del templo.
Yagharek permaneció inmóvil.
Una luz surgió desde la cima de la pirámide, un cegador
rayo lechoso, tan áspero y definido que casi parecía sólido.
Procedía de las lentes de la extraña máquina.
El garuda observó por sus espejos. En la débil radiación
ambiental que emanaba desde el foco resplandeciente, podía
ver a una dotación de ancianos cactos estacionados detrás del
ingenio, ajustando frenéticos los diales, las válvulas,
aferrando uno de ellos dos enormes mangos que sobresalían
de la máquina lumínica, con los que giraba y retorcía el
aparato para dirigir el astil luminoso.
La luz rugió sobre una zona del cristal de la cúpula y fue
después desplazada a otra posición, al principio al azar, hasta
clavarse en la impaciente polilla, que ya alcanzaba los
paneles rotos.
El ser volvió sus cuencas astadas hacia la luz, siseando
monstruosa.
Yagharek oyó gritos de los cactos en el zigurat, una lengua
que le era familiar. Era una aleación, un híbrido bastardo de
palabras que había oído por última vez en Shankell junto con
el ragamol de Nueva Crobuzon y otras influencias que no
alcanzaba a reconocer. Como gladiador de la ciudad del
desierto, había aprendido algo de la lengua de los
apostadores cactos. Las formulaciones que oía ahora eran
extrañas, caducas y corrompidas con dialectos alienígenas,
pero casi comprensibles para él.
— ¡...allí! —oyó, y alguien movió la luz. Entonces,
mientras la polilla se retiraba del cristal para alejarse de la
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