Page 756 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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de sangre que resbaló horriblemente por su barbilla.
Isaac estaba paralizado por el horror. Se quedó mirando a
Lemuel, cuyos ojos estaban preñados de terror y agonía.
Levantó la vista un breve instante y vio que los cactos se
precipitaban sobre el herido, aullando triunfantes. Mientras
observaba, uno de ellos reparó en su presencia, levantó su
arco hueco y apuntó cuidadosamente a su cabeza.
Isaac se agachó, se encaramó con dificultades al muro y
pasó la mitad de su cuerpo al lado que daba al pequeño patio.
Desde abajo, el pozo de visita abierto despedía fétidos
vapores.
Lemuel lo miró, incrédulo.
— ¡Ayúdame! —chilló—. Jabber, joder, no, oh Jabber
no... ¡No te vayas! ¡Ayúdame!
Agitaba los brazos como un niño con una rabieta mientras
los hombres cacto caían sobre él; se rompió las uñas y se
arañó los dedos hasta dejárselos en carne viva mientras
trataba frenéticamente de trepar por el desmoronado muro
arrastrando sus inútiles piernas detrás de sí. Isaac lo
observaba, mortificado, consciente de que no había
absolutamente nada que él pudiese hacer, de que no tenía
tiempo de bajar a recogerlo, de que los cactos casi estaban ya
sobre él, de que sus heridas acabarían por matarlo aún en el
caso de que lograse llevarlo hasta el otro lado del muro, y
consciente también de que, a pesar de todo ello, el último
pensamiento de Lemuel estaría dirigido a su traición.
Desde el otro lado del mohoso hormigón del muro, Isaac
escuchó los gritos de Lemuel mientras los cactos lo
alcanzaban.
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