Page 805 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Los  altozanos  de  desperdicios  empezaron  a  retroceder

            conforme se aproximaban al Alquitrán. Delante de ellos, la

            oxidada cerca se alzaba aproximadamente un metro y medio

            sobre la capa superior de los detritos. Derkhan cambió de
            dirección ligeramente y se dirigió hacia una amplia brecha

            de la valla, donde el vertedero se abría directamente al río.


                Al otro lado del escuálido curso de agua, Derkhan podía

            ver Nueva Crobuzon. Por un instante, las agujas grumosas de

            las  torres  de  la  estación  de  la  calle  Perdido  se  hicieron

            visibles, perfectamente enmarcadas en el agujero de la valla,
            alzándose en la lejanía sobre la ciudad. Podía distinguir las

            vías del tren saltando entre las torres que se elevaban al azar

            desde  el  lecho  de  roca.  Los  feos  puntales  de  la  milicia

            sobresalían frente al horizonte.

                Al otro lado, Hogar de Esputo brotaba grueso de la misma

            orilla del río. A este lado del Alquitrán no había ningún paseo

            marítimo, solo secciones de calle que discurrían paralelas a

            él durante un corto tiempo, seguidas por jardines privados,

            las paredes verticales de los almacenes y las tierras baldías.

            No había nadie para observar los preparativos de Derkhan.

                A pocos metros de la orilla, dejó caer el extremo del cable

            y se acercó cautelosamente a la grieta de la valla. Tanteó el

            suelo con los pies para asegurarse de que no cedería y la

            arrojaría al asqueroso río que discurría dos o más metros más

            abajo. Se inclinó todo lo que pudo y examinó la superficie

            del agua, que discurría plácidamente.

                El sol se aproximaba lentamente a los tejados del oeste,

            barnizando el negro sucio del río de luz rojiza.

                — ¡Penge! —siseó Derkhan—. ¿Estás ahí?


                Después  de  un  momento,  se  escuchó  un  pequeño


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