Page 827 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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La fachada oeste de la estación de la calle Perdido miraba

            a  la  Plaza  BilSantum.  La  plaza  estaba  abarrotada  y  era

            hermosa, con los carruajes y los transeúntes que circulaban

            constantemente  alrededor  de  los  parques  que  había  en  su
            centro. En medio de este verde exuberante, los malabaristas,

            los magos y los vendedores de los puestos entonaban cantos

            ruidosos y ofrecían a gritos sus mercancías. La ciudadanía

            era despreocupadamente ajena a la monumental estructura

            que dominaba el cielo. Solo reparaban en su fachada, con

            placer distraído, cuando al atardecer los rayos del sol caían

            de  plano  sobre  ella  y  aquella  colección  de  arquitecturas

            brillaba como un calidoscopio: el estuco y la madera pintada

            eran del color de las rosas; los ladrillos adquirían un tono
            sanguinolento; las vigas de hierro se tornaban lustrosas de

            untuosa luz.


                La  calle  BilSantum  se  inclinaba  bajo  el  enorme  arco

            elevado que conectaba el cuerpo principal de la estación a la
            Espiga. La estación de la calle Perdido no era discreta. Sus

            extremos eran permeables. De su parte trasera brotaba una

            osamenta  de  torretas  que  se  extendía  sobre  la  ciudad  y

            acababa  convirtiéndose  en  los  tejados  de  casas  toscas  y

            vulgares. Los bloques de cemento que la cubrían se tornaban

            cada vez más achaparrados conforme se extendían en todas

            direcciones,  hasta  convertirse  repentinamente  en  las  feas

            paredes de un canal. Allí donde las cinco líneas de ferrocarril
            se desenrollaban sostenidas sobre grandes arcos y discurrían

            a  lo  largo  de  los  tejados,  los  ladrillos  de  la  estación  las

            soportaban y las rodeaban, abriendo a cuchillo un camino a

            través de las calles. La arquitectura se derramaba más allá de

            sus límites.





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