Page 951 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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al sur sin hacer preguntas...

                — ¡Joder, no! —siseó Isaac. Levantó la mirada desde el

            interior de la capucha con los ojos muy abiertos.


                Se encontraban al final de la calle, donde el carromato les

            había servido como portería a los niños horas antes. El cálido
            aire de la tarde estaba lleno de olores. Desde una avenida

            paralela les llegaban los sonidos de discusiones ruidosas y

            una risa histérica. Los tenderos, las viudas, los herreros y los

            criminales  de  poca  monta  charlaban  en  las  esquinas.  Las

            luces  emergían  con  el  chisporroteo  de  un  centenar  de

            combustibles  y  corrientes  diferentes.  Desde  detrás  de

            cristales  deslustrados  podían  verse  llamas  de  diversos

            colores.

                —Joder, no —dijo Isaac de nuevo—. Tierra adentro no...

            Vámonos lejos... Vamos a Arboleda. Vamos a los muelles.

                De modo que se dirigieron lentamente hacia el sudeste.

            Pasaron entre Salbur y la Colina Mog, arrastrando los pies

            por las bulliciosas calles, un trío peculiar. Un mendigo alto y

            voluminoso con el rostro oculto, una mujer con el pelo de un

            llamativo  color  azabache  y  una  tullida  encapuchada  que

            caminaba con un paso poco firme y espasmódico, a medias

            sostenida y a medias arrastrada por sus compañeros.

                Cada humeante constructo con el que se cruzaban les hacía

            agachar  la  cabeza  de  forma  incómoda.  Isaac  y  Derkhan

            mantenían los ojos fijos en el suelo y hablaban rápidamente

            entre  dientes.  Cuando  pasaban  bajo  los  pasos  elevados,

            levantaban  nerviosos  la  mirada,  como  si  los  oficiales  que

            caminaban  sobre  ellos  pudieran  olfatearlos  desde  aquella
            distancia. Evitaban las miradas de los hombres y las mujeres

            que holgazaneaban agresivos en las esquinas de las calles.



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